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Hola!

La historia de hoy llega con un día de retraso, pero bueno lunes o martes…tampoco importa, no? :D

En esta ocasión os traigo una de mis fotos favoritas de todas las que hice durante el Circuito del Annapurna, en Nepal. Por si no lo sabéis, se trata de una ruta de dos semanas (o más) a través del Himalaya.

Una de las cosas que mas me gustaron de esta ruta, obviando las increíbles vistas que estas montañas me regalaban cada poco, fue el poder interactuar cada día con gente de por allí. Por el camino iba pasando por diferentes asentamientos y pequeñas aldeas donde me paraba a comer o a dormir en lugares preparados para ello.

Esta foto la hice en Manang, uno de los pueblos mas importantes. Esta situado a 3300m de altura y bien equipado para los senderistas, por lo que mucha gente decide pasar varias noches en este lugar para aclimatarse y descansar. Incluso hay hoteles y restaurantes de cierto nivel, lo cual no suele ser el caso.

No obstante a mi siempre me gusta acudir a los sitios mas modestos a donde va la gente local. Era el caso del pequeño restaurante donde hice esta foto, un sitio al que solía parar a tomar chocolate o té caliente y a cenar. Estaba regentado por una familia encantadora, felices de verme allí en lugar de en los grandes restaurantes preparados para turistas.

Esta niña era hija de la dueña, y era tan maja como os podéis imaginar. Recuerdo que la madre le dio un paquete de galletas y lo primero que hizo esta pequeña fue ofrecerme una. Casualmente eran mis favoritas, así que acepté y al momento ya me estaba dando otra, con una gran sonrisa en su cara. Esta tontería me conmovió mucho. A veces los que menos tienen son los que mas dan, y además lo hacen encantados.

Este es solo un pequeño ejemplo de la amabilidad y la belleza de la gente Nepali, la mejor con la que me he topado hasta ahora. Tenemos mucho que aprender de ellos en cuanto a generosidad, amabilidad y agradecimiento.

Esa es una de las muchas cosas buenas que tiene viajar, que te abre los ojos, no creéis?

Por cierto, quizá os hayáis preguntado porqué la niña tiene las mejillas tan coloradas. Bien, se trata de una especie de ungüento muy típico de algunas zonas de el Himalaya y del Tíbet que se pone en la cara para proteger la piel del frío y el sol, algo así como una mascarilla natural hecha con base de hierbas.

Hasta la semana que viene!

Saludos!

Ya llevamos 23 días de 2017. A estas horas todos deberíamos tener claro los objetivos y propuestas para el nuevo año, no? Yo tengo claras mis metas, más o menos, pero si hay algo que siempre intento es superarme cada año como fotógrafo.

2016 ha sido un año muy productivo a nivel personal en cuanto a fotografías de calidad, especialmente gracias a ese increíble viaje a Nepal del que ya os he contado algunas cosas. Pero si tuviera que quedarme solo con una, creo que sería con esta foto de un niño en el Himalaya. Creo que es la foto a superar en 2017, y os voy a contar un poco como llegué a hacerla.

Me encontraba realizando el Circuito del Annapurna, en el mes de marzo. El objetivo a corto plazo era llegar a Manang, un pueblo a 3200 metros de altura donde todo senderista suele parar a pasar un par de noches y aclimatarse antes de continuar hacia el Thorong-La, el punto mas alto de la ruta.

Para llegar a Manang hay dos posibilidades; tomar la ruta baja, más corta y fácil, o la alta, más larga y con duras ascensiones, pero recompensado con unas vistas mucho mejores. Yo me decidí por esta última, faltaría más! Además, sería un buen entrenamiento antes de encarar el Thorong-La, un desafiante paso de montaña.

Esta ruta alta pasaba por hacer noche en Ghyaru, una pequeña aldea a 3730m. Lo peor es cuando ves la aldea, allí en lo alto, y te das cuenta de la enorme pendiente que te espera para llegar a ella. Seguramente es uno de los tramos mas difíciles del circuito, pues hay que superar un desnivel de unos 600 metros cuando los pulmones aún no se han acostumbrado a la falta de oxígeno, pero la recompensa son unas increíbles vistas del Himalaya y una buena cena acompañada de té caliente en la pequeña aldea.

Allí, en Ghyaru, fue donde me encontré con este chaval, uno de los pocos habitantes del pueblo. Se quedó mirando para mi como quien ve a alguien venido de otro mundo, y en cierto modo es así para un niño nacido en el Himalaya. En su cara se reflejaba el frío helador del momento. La piel seca y sucia de tantos días jugando a la intemperie. Yo llevaba la cámara en la mano y le hice un par de fotos que luego le enseñé, a lo cual reaccionó con una sonrisa.

Creo que por eso es una de mis fotos favoritas. El momento en el que dos personas nacidas en contextos totalmente diferentes, se miran a los ojos. ¿Que será de este niño en el futuro? No lo sé, pero si sé que no lo va a tener fácil. No tanto como nosotros.

Hasta la próxima!