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Saludos!

Ya llevamos 23 días de 2017. A estas horas todos deberíamos tener claro los objetivos y propuestas para el nuevo año, no? Yo tengo claras mis metas, más o menos, pero si hay algo que siempre intento es superarme cada año como fotógrafo.

2016 ha sido un año muy productivo a nivel personal en cuanto a fotografías de calidad, especialmente gracias a ese increíble viaje a Nepal del que ya os he contado algunas cosas. Pero si tuviera que quedarme solo con una, creo que sería con esta foto de un niño en el Himalaya. Creo que es la foto a superar en 2017, y os voy a contar un poco como llegué a hacerla.

Me encontraba realizando el Circuito del Annapurna, en el mes de marzo. El objetivo a corto plazo era llegar a Manang, un pueblo a 3200 metros de altura donde todo senderista suele parar a pasar un par de noches y aclimatarse antes de continuar hacia el Thorong-La, el punto mas alto de la ruta.

Para llegar a Manang hay dos posibilidades; tomar la ruta baja, más corta y fácil, o la alta, más larga y con duras ascensiones, pero recompensado con unas vistas mucho mejores. Yo me decidí por esta última, faltaría más! Además, sería un buen entrenamiento antes de encarar el Thorong-La, un desafiante paso de montaña.

Esta ruta alta pasaba por hacer noche en Ghyaru, una pequeña aldea a 3730m. Lo peor es cuando ves la aldea, allí en lo alto, y te das cuenta de la enorme pendiente que te espera para llegar a ella. Seguramente es uno de los tramos mas difíciles del circuito, pues hay que superar un desnivel de unos 600 metros cuando los pulmones aún no se han acostumbrado a la falta de oxígeno, pero la recompensa son unas increíbles vistas del Himalaya y una buena cena acompañada de té caliente en la pequeña aldea.

Allí, en Ghyaru, fue donde me encontré con este chaval, uno de los pocos habitantes del pueblo. Se quedó mirando para mi como quien ve a alguien venido de otro mundo, y en cierto modo es así para un niño nacido en el Himalaya. En su cara se reflejaba el frío helador del momento. La piel seca y sucia de tantos días jugando a la intemperie. Yo llevaba la cámara en la mano y le hice un par de fotos que luego le enseñé, a lo cual reaccionó con una sonrisa.

Creo que por eso es una de mis fotos favoritas. El momento en el que dos personas nacidas en contextos totalmente diferentes, se miran a los ojos. ¿Que será de este niño en el futuro? No lo sé, pero si sé que no lo va a tener fácil. No tanto como nosotros.

Hasta la próxima!

Saludos!

La ultima vez os hablé de Kathmandu y su cara mas fea, esa tan caótica y ruidosa. Pero una vez acostumbrados al ritmo de vida de esta ciudad también podemos disfrutar de ella, pues en el fondo tiene su encanto y además hay bastantes cosas que ver.

El gran terremoto de abril de 2015 causó estragos en la ciudad, y cuando yo fui aún no había pasado un año. Esto se notaba aunque no tanto como cabría esperar. El ritmo de vida era ya totalmente normal y los destrozos no se notaban en exceso (las casas se construyen tan rápido como se destruyen). Por desgracia la gran excepción era la plaza Durbar, donde numerosos templos con siglos de antigüedad se vinieron abajo por completo y los que seguían en pie estaban apuntalados o rodeados de andamios. Se veían montones de ladrillos aquí y allá, y pequeños grupos de obreros trabajando a un ritmo, digamos, muy relajado. Tampoco me extraña teniendo en cuenta los medios con los que cuentan y lo que deben cobrar…Aún así, la visita vale la pena pues lo que queda sigue siendo muy interesante.

Otros monumentos han corrido mejor suerte y y se conservan bastante bien, como son algunas de las famosas estupas, esas torres con montones de banderas de oración colgando y que son rodeadas por monjes budistas mientras recitan mantras. La mas grande es la de Swayambhunath, a la que se sube por unas enormes escaleras. Arriba, además del monumento, esperan unas buenas vistas sobre la ciudad y un montón de monos tratando de robar nuestra comida. Me acuerdo de comprar un paquete de fruta variada para comerla allí mismo y tener que ponerme junto al vendedor, que con un tirachinas me defendía de los ataques de los macacos. “Eat here. If not, monkey attack!”. Muy profesional el tío :P.

Tal vez lo mas interesante sea simplemente perderse por las calles de la ciudad, que esta llena de vida. De vez en cuando se llega a plazas que sirven de mercado, como la del vídeo anterior, o a pequeños templos con un ambiente muy tranquilo y libre de ruidos. El barrio de Thamel, donde se aloja la mayoría de los turistas, esta lleno de cafeterías y restaurantes de todo tipo, y sobre todo de tiendas de ropa de montaña de imitación, especialmente de North Face. La verdad es que las réplicas son buenas y obviamente mil veces mas baratas que los productos originales, aunque ya hablaré de esto cuando llegue el momento de comentar los preparativos para hacer alguna ruta. También hay un montón de tiendas de todo tipo para comprar cualquier cosa imaginable y muchos vendedores ambulantes, que llevan sus bicis cargadas de fruta, mazorcas de maíz o lo que sea.

Por la noche la ciudad tenía un aire misterioso. Debido a los problemas económicos del país, a menudo el gobierno propiciaba apagones para ahorrar luz, por lo que había que salir a la calle con linterna. Además, la actividad nocturna es muy escasa (los nepalies se van pronto a dormir) por lo que muchas calles estaban casi desiertas y parecía mentira que de día hubiese tanto jaleo, la verdad es que a mi me molaba mucho.

Pero si hay algo realmente interesante en Kathmandu es la gente que vive en ella y la manera en que lo hacen, siempre con una sonrisa en la cara. Los nepalies son las mejores personas con las que me he encontrado viajando, y es muy fácil ponerte a hablar con ellos. Por ejemplo, la chica de la foto es la dependienta de una pequeña tienda de souvenirs que se encontraba cerca de la estupa de la foto. Con 20 años ya estaba casada y era madre de una hija. Como me había dejado hacerle una foto decidí comprarle alguna pulsera. Le pedí una pequeña rebaja por llevarme dos (en Nepal se negocia prácticamente todo) y no solo aceptó sino que al final me regaló otra, todo por un precio irrisorio.

Y estas pequeñas interacciones con gente local son las que, para mí, marcan la diferencia en un viaje. De una conversación entre dos personas nacidas en sitios totalmente diferentes siempre tiene que salir algo interesante, y desde luego se aprenden muchas lecciones. Por eso Kathmandu merece la pena, porque si hay algo que hay de sobra en esta ciudad, es gente.

;-)

Buuuenas!

Hoy voy a hablar por primera vez en este blog sobre el viaje de dos meses a Nepal, a comienzos de este año. Y creo que la mejor manera de empezar es por el principio, es decir, por Kathmandu.

Apenas había pisado la ciudad, y ya tenía claro que había llegado a otro mundo. El aeropuerto era pequeño y bastante feo. Lo primero que hice fue sacar el visado, que me costó bastante caro (90$) porque solo había visados de una semana, un mes o tres meses, y yo quería estar dos, así que pagué por uno de más. Después llego a una especie de control y veo a un grupo grande de gente esperando a que llegara el personal de seguridad, que brillaba por su ausencia, para pasar sus maletas por el escaner. De repente llegan tres tipos sin ningún tipo de uniforme y empiezan a meternos prisa, a la voz de “go!, go!” y nos hacen poner todas las mochilas y maletas prácticamente a la vez en la cinta, por lo que al final se formó una montaña de equipaje que apenas cabía en el escaner. Entre tanto yo hice amago de quitarme el reloj y demás objetos metálicos y uno de los encargados me indicó que me dejase de chorradas y que pasara ya, así que todas las personas pasamos casi corriendo por los rayos X. Podía haber metido una bomba nuclear en la mochila y habría pasado perfectamente. Tras la escala de 14 horas en el aeropuerto de Abu-Dhabi, todo tecnología, organización y seguridad, me daba la risa.

El viaje en taxi hasta Thamel, el barrio mochilero de la capital, me sirvió para hacerme una idea de a donde había venido. La verdad es que no sabía que esperar de Kathmandu porque apenas había visto fotos en internet, ni me había informado mucho al respecto. Me encontré con una ciudad polvorienta, caótica, y descuidada, en la que el tráfico, la gente y los perros se mezclaban por sus estrechas calles sin aceras. Eso si, rebosante de vida por todas partes, como podéis ver en el vídeo. Caminar por las calles es un estímulo para los cinco sentidos. Montones de ruidos, olores, sabores y visiones de gente y situaciones de todo tipo te asaltan continuamente. Casi diría que hay que concentrarse para centrarte en lo que quieres y a la vez cuidarse de no ser atropellado. Lo cierto es que al principio asusta, de hecho no me extrañaría que alguien que visitara el Sudeste Asiático por primera vez y llegase aquí, echase a correr de vuelta a casa el primer día.

Lo mas curioso es ver a la gente que vive allí, totalmente acostumbrada a ese caos diario. Ves a chicas caminando como si nada en tacones por las calles sin asfaltar, niños jugando y corriendo en medio del tráfico, gente subiendo a un autobús lleno a reventar y con cabras en el techo…etc. Para ellos, todo eso es tan normal como para nosotros caminar por Madrid, que por cierto, es un remanso de paz al lado de la capital nepalí.

Con todo, yo mismo me fui acostumbrando al ritmo frenético de la ciudad. Cada día me parecía menos a un turista y mas a un habitante de Kathmandu. Creo que el punto de inflexión fue un momento en el que tenía que cruzar una carretera de doble sentido y cuatro carriles. En el suelo había un “paso de peatones”, pero tras varios minutos esperando era evidente que allí las cosas no funcionaban como en occidente y no iba a parar ni Dios. Mis sospechas se confirmaron cuando vi a un anciano cruzar delante de mis narices, parando el tráfico con la mano y llegando al otro lado, tan tranquilo. “Donde fueres, haz lo que vieres” dice el refrán, y eso hice yo. Lo cierto es que los coches y las motos me esquivaban o frenaban lo justo para dejarme pasar, pero iban bastante al límite. Al final llegué al otro lado sano y salvo, aunque por poco.

Es un buen reflejo de la vida en esta ciudad, cada día es casi un desafío, pero lo cierto es que una vez que eres parte de ella, es cuando empiezas a disfrutarla de verdad. Detrás de su fea fachada hay mucho que ver y disfrutar antes de escapar a las montañas, pero de eso hablaré la próxima vez, que ya me estoy enrollando mucho.

Hasta la próxima!