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Hola!

He decidido animar un poco mi página web sacándole un poco más de partido a este pequeño blog. A partir de ahora, intentaré publicar cada lunes una pequeña historia detrás de una fotografía. ¿Porqué el lunes? Bueno, para hacer que este día sea un poco menos aburrido! Si veo que esto tiene buena acogida entonces intentaré publicar mas a menudo.

Vamos al tema. Se trata de una fotografía que hice en la aldea de Sauraha, al sur de Nepal. Aquí el clima es seco y caluroso, no todo son montañas y frío en este país.

El motivo por el que visité esta pequeña aldea fue principalmente el de poder visitar el Parque Nacional de Chitwan, una amplia zona de selva protegida en la que han conseguido eliminar casi por completo la caza furtiva. Aquí habitan en plena libertad montones de ciervos, monos, rinocerontes , bisontes, osos (allí se llaman “bhalu”, os suena de algo?) y el que aquí es sin duda el rey de la selva, el Tigre de Bengala.

La aldea de Sauraha esta repleta de locales que te ofrecen diversos tours por la jungla; algunos en jeep, otros andando o en elefante. No recomiendo estos últimos pues estoy en contra de la explotación turística de cualquier animal, y menos cuando no se les trata del todo bien como he podido constatar allí mismo. Por otra parte tampoco les vi mucho sentido a los tours en jeep, pues los considero poco emocionantes y bastante “intrusivos”.

Yo opté por un tour de dos días caminando por la selva, saliendo de la reserva para dormir en aldeas locales. Solo yo y dos guías equipados con palos de bambú y…nada más! La fotografía de hoy representa el comienzo de esa aventura poco después del amanecer, cuando los guías y los viajeros se suben a las barcas para cruzar el río Rapti, que separa la aldea de Sauraha del Parque Nacional. La luz dorada y la neblina que comenzaba a disiparse creaban una atmósfera de otro mundo, y ciertamente la selva lo es. Allí me esperaba una de las mejores experiencias que he tenido nunca.

Otro día hablaré de ello en otra foto-historia. Hasta otra ;-)

Muy buenas!

Hoy os traigo una de mis fotos mas conocidas, una que a mi personalmente me gusta mucho pues refleja el contacto entre el hombre y la naturaleza, y también el respeto que deberíamos de mostrar por ella. Además, es una foto con una curiosa historia detrás que ahora os voy a comentar.

Me encontraba en Malasia, concretamente en el “Bako National Park”, al norte de la isla de Borneo (el resto pertenece a Indonesia). Este parque nacional merece una mención aparte porque es una pasada de sitio que bien vale un viaje a este país, especialmente si os gusta disfrutar de la naturaleza así que otro día ya le dedicaré una lineas.

El caso es que yo me encontraba dentro de mi alojamiento en plena selva de Borneo, una especie de bungalow de madera con habitaciones compartidas. Era la mañana del tercer día y tocaba prepararse para marchar pero, como era habitual en esa época del año, estaba cayendo el diluvio universal, una tormenta que parecía no tener fin. Preparé la mochila y salí a la zona cubierta de afuera para tomar el aire mientras esperaba a que parase la lluvia para ir a dar una vuelta. Fue entones cuando vi algo pequeño y naranja en el suelo. Era el pájaro de la foto.

Si no me equivoco, se trataba de un tipo de Martín Pescador, una especie de pájaro muy pequeño y de colores muy llamativos. Y hasta aquí llegan mis conocimientos sobre Ornitología :D. El pobre estaba como acurrucado debajo de una mesa. Yo pensé que ,debido a la tormenta, seguramente se habría metido una leche contra la pared de la casa o contra algún árbol y ahora estaría herido o confuso. Tal vez por eso no me resultó demasiado difícil cogerlo y hacerle unas fotos con mi cámara compacta. Ya me estaba encariñando con el y compadeciéndome por su futuro incierto cuando, de repente, se cagó en mi mano. Apenas me había dado tiempo a poner cara de asco y, aprovechando que la lluvia amainaba, el muy pájaro echó a volar, tan rápido que enseguida lo perdí de vista. Mi cara era algo así como o_O?!

Aún me pregunto como ese pequeñajo, que no estaba herido ni mucho menos y que era perfectamente capaz de volar, me dejó acercarme a el de esa manera. Lo cierto es que a pasar del “regalito” que me dejó yo me alegré por el, y además conseguí una buena foto para el recuerdo.

Cosas de la impredecible naturaleza, supongo. Hasta la próxima!

Buuuenas!

Hoy voy a hablar por primera vez en este blog sobre el viaje de dos meses a Nepal, a comienzos de este año. Y creo que la mejor manera de empezar es por el principio, es decir, por Kathmandu.

Apenas había pisado la ciudad, y ya tenía claro que había llegado a otro mundo. El aeropuerto era pequeño y bastante feo. Lo primero que hice fue sacar el visado, que me costó bastante caro (90$) porque solo había visados de una semana, un mes o tres meses, y yo quería estar dos, así que pagué por uno de más. Después llego a una especie de control y veo a un grupo grande de gente esperando a que llegara el personal de seguridad, que brillaba por su ausencia, para pasar sus maletas por el escaner. De repente llegan tres tipos sin ningún tipo de uniforme y empiezan a meternos prisa, a la voz de “go!, go!” y nos hacen poner todas las mochilas y maletas prácticamente a la vez en la cinta, por lo que al final se formó una montaña de equipaje que apenas cabía en el escaner. Entre tanto yo hice amago de quitarme el reloj y demás objetos metálicos y uno de los encargados me indicó que me dejase de chorradas y que pasara ya, así que todas las personas pasamos casi corriendo por los rayos X. Podía haber metido una bomba nuclear en la mochila y habría pasado perfectamente. Tras la escala de 14 horas en el aeropuerto de Abu-Dhabi, todo tecnología, organización y seguridad, me daba la risa.

El viaje en taxi hasta Thamel, el barrio mochilero de la capital, me sirvió para hacerme una idea de a donde había venido. La verdad es que no sabía que esperar de Kathmandu porque apenas había visto fotos en internet, ni me había informado mucho al respecto. Me encontré con una ciudad polvorienta, caótica, y descuidada, en la que el tráfico, la gente y los perros se mezclaban por sus estrechas calles sin aceras. Eso si, rebosante de vida por todas partes, como podéis ver en el vídeo. Caminar por las calles es un estímulo para los cinco sentidos. Montones de ruidos, olores, sabores y visiones de gente y situaciones de todo tipo te asaltan continuamente. Casi diría que hay que concentrarse para centrarte en lo que quieres y a la vez cuidarse de no ser atropellado. Lo cierto es que al principio asusta, de hecho no me extrañaría que alguien que visitara el Sudeste Asiático por primera vez y llegase aquí, echase a correr de vuelta a casa el primer día.

Lo mas curioso es ver a la gente que vive allí, totalmente acostumbrada a ese caos diario. Ves a chicas caminando como si nada en tacones por las calles sin asfaltar, niños jugando y corriendo en medio del tráfico, gente subiendo a un autobús lleno a reventar y con cabras en el techo…etc. Para ellos, todo eso es tan normal como para nosotros caminar por Madrid, que por cierto, es un remanso de paz al lado de la capital nepalí.

Con todo, yo mismo me fui acostumbrando al ritmo frenético de la ciudad. Cada día me parecía menos a un turista y mas a un habitante de Kathmandu. Creo que el punto de inflexión fue un momento en el que tenía que cruzar una carretera de doble sentido y cuatro carriles. En el suelo había un “paso de peatones”, pero tras varios minutos esperando era evidente que allí las cosas no funcionaban como en occidente y no iba a parar ni Dios. Mis sospechas se confirmaron cuando vi a un anciano cruzar delante de mis narices, parando el tráfico con la mano y llegando al otro lado, tan tranquilo. “Donde fueres, haz lo que vieres” dice el refrán, y eso hice yo. Lo cierto es que los coches y las motos me esquivaban o frenaban lo justo para dejarme pasar, pero iban bastante al límite. Al final llegué al otro lado sano y salvo, aunque por poco.

Es un buen reflejo de la vida en esta ciudad, cada día es casi un desafío, pero lo cierto es que una vez que eres parte de ella, es cuando empiezas a disfrutarla de verdad. Detrás de su fea fachada hay mucho que ver y disfrutar antes de escapar a las montañas, pero de eso hablaré la próxima vez, que ya me estoy enrollando mucho.

Hasta la próxima!