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Buuuenas!

Hoy voy a hablar por primera vez en este blog sobre el viaje de dos meses a Nepal, a comienzos de este año. Y creo que la mejor manera de empezar es por el principio, es decir, por Kathmandu.

Apenas había pisado la ciudad, y ya tenía claro que había llegado a otro mundo. El aeropuerto era pequeño y bastante feo. Lo primero que hice fue sacar el visado, que me costó bastante caro (90$) porque solo había visados de una semana, un mes o tres meses, y yo quería estar dos, así que pagué por uno de más. Después llego a una especie de control y veo a un grupo grande de gente esperando a que llegara el personal de seguridad, que brillaba por su ausencia, para pasar sus maletas por el escaner. De repente llegan tres tipos sin ningún tipo de uniforme y empiezan a meternos prisa, a la voz de “go!, go!” y nos hacen poner todas las mochilas y maletas prácticamente a la vez en la cinta, por lo que al final se formó una montaña de equipaje que apenas cabía en el escaner. Entre tanto yo hice amago de quitarme el reloj y demás objetos metálicos y uno de los encargados me indicó que me dejase de chorradas y que pasara ya, así que todas las personas pasamos casi corriendo por los rayos X. Podía haber metido una bomba nuclear en la mochila y habría pasado perfectamente. Tras la escala de 14 horas en el aeropuerto de Abu-Dhabi, todo tecnología, organización y seguridad, me daba la risa.

El viaje en taxi hasta Thamel, el barrio mochilero de la capital, me sirvió para hacerme una idea de a donde había venido. La verdad es que no sabía que esperar de Kathmandu porque apenas había visto fotos en internet, ni me había informado mucho al respecto. Me encontré con una ciudad polvorienta, caótica, y descuidada, en la que el tráfico, la gente y los perros se mezclaban por sus estrechas calles sin aceras. Eso si, rebosante de vida por todas partes, como podéis ver en el vídeo. Caminar por las calles es un estímulo para los cinco sentidos. Montones de ruidos, olores, sabores y visiones de gente y situaciones de todo tipo te asaltan continuamente. Casi diría que hay que concentrarse para centrarte en lo que quieres y a la vez cuidarse de no ser atropellado. Lo cierto es que al principio asusta, de hecho no me extrañaría que alguien que visitara el Sudeste Asiático por primera vez y llegase aquí, echase a correr de vuelta a casa el primer día.

Lo mas curioso es ver a la gente que vive allí, totalmente acostumbrada a ese caos diario. Ves a chicas caminando como si nada en tacones por las calles sin asfaltar, niños jugando y corriendo en medio del tráfico, gente subiendo a un autobús lleno a reventar y con cabras en el techo…etc. Para ellos, todo eso es tan normal como para nosotros caminar por Madrid, que por cierto, es un remanso de paz al lado de la capital nepalí.

Con todo, yo mismo me fui acostumbrando al ritmo frenético de la ciudad. Cada día me parecía menos a un turista y mas a un habitante de Kathmandu. Creo que el punto de inflexión fue un momento en el que tenía que cruzar una carretera de doble sentido y cuatro carriles. En el suelo había un “paso de peatones”, pero tras varios minutos esperando era evidente que allí las cosas no funcionaban como en occidente y no iba a parar ni Dios. Mis sospechas se confirmaron cuando vi a un anciano cruzar delante de mis narices, parando el tráfico con la mano y llegando al otro lado, tan tranquilo. “Donde fueres, haz lo que vieres” dice el refrán, y eso hice yo. Lo cierto es que los coches y las motos me esquivaban o frenaban lo justo para dejarme pasar, pero iban bastante al límite. Al final llegué al otro lado sano y salvo, aunque por poco.

Es un buen reflejo de la vida en esta ciudad, cada día es casi un desafío, pero lo cierto es que una vez que eres parte de ella, es cuando empiezas a disfrutarla de verdad. Detrás de su fea fachada hay mucho que ver y disfrutar antes de escapar a las montañas, pero de eso hablaré la próxima vez, que ya me estoy enrollando mucho.

Hasta la próxima!